En la madrugada del 10 de junio de 1956 ocurrieron los hechos que dieron origen a un libro fundacional: Operación Masacre.
Alejandro Rodríguez Bustamante
10.06.2008
Caricatura. Este dibujo fue realizado por Juan Pablo Ribeiro, para ilustrar una entrevista a Walsh en la revista Primera Plana, 1971.
En la madrugada del 10 de junio de 1956 la “Revolución Libertadora” cometió el asesinato nunca asumido de un grupo de civiles. Aplicó una ley marcial dada a conocer con posterioridad al momento de las detenciones, usando un criterio insostenible desde cualquier punto de vista jurídico y moral.
El hecho vergonzoso se conoció como “los fusilamientos de José León Suárez”, pero al año siguiente también se lo comenzó a llamar Operación Masacre. Ése fue el título de una obra del escritor y periodista Rodolfo Walsh, quien con nivel narrativo potente y veloz llegó hasta el hueso de la trama. Hoy esa denuncia es paradigma de oficio y ética en periodismo y literatura.
Desentrañar la verdad dentro de un océano de indiferencias y mentiras no sólo significó para Walsh una tarea de cíclope y meses de trabajo. El tema cambió su vida, su visión de la sociedad, hasta sus actitudes políticas. A su manera incursionó en la filosofía del derecho, poniendo al desnudo los andrajos del sistema legal. Dueño de una inteligencia privilegiada, sus hallazgos lo lanzaron a un viaje sin retorno, a un día a día cada vez más clandestino.
En la lucha por llegar al fondo de la información detectó los mecanismos del sistema, la ideología, los brazos ejecutores, las trampas y aberraciones jurídicas, las prebendas y privilegios, y la consecuente negación de la opinión mayoritaria de la sociedad dentro de una pseudodemocracia. También percibió y retrató sin idealizaciones a la masa anónima, más o menos desposeída, mera cifra en el mapa de las conveniencias económicas.
El trasfondo de la historia no era novedad dentro de la crónica argentina del siglo XX. En 1930 los militares habían destituido al presidente Hipólito Yrigoyen. Pero los hechos sucedidos durante la década del 50 marcaron una tendencia represiva que culminaría en la dictadura del “Proceso”, iniciada el 24 de marzo de 1976.
Tres años después de que Juan Perón iniciara su segundo mandato, el 16 de junio de 1955, pilotos de la aviación naval bombardearon una Plaza de Mayo atestada de gente que manifestaba a favor del Gobierno.
El saldo fue de por lo menos 364 muertos y centenares de heridos. No obstante, no lograron subvertir el orden constitucional. Quien usurpó el poder tres meses más tarde fue el general Eduardo Lonardi, el 16 de setiembre. A la altura de noviembre él mismo fue desplazado del Gobierno por los sectores duros de la “Libertadora”, encabezados por el general Pedro E. Aramburu y el ya vicepresidente de facto contraalmirante Isaac Rojas.
Entre fines de mayo y comienzos de junio de 1956 los generales Juan José Valle y Raúl Tanco iniciaron una serie de reuniones con vistas a producir un levantamiento para derrocar a la “Libertadora” y llamar a elecciones en seis meses. Los encuentros finales tuvieron lugar en la casa del escritor y novelista Leopoldo Marechal.
El movimiento contrainsurgente se inició el 9 de junio, pero fracasó casi de inmediato. Desde la madrugada del 10 y hasta el levantamiento de la ley marcial, que duró tres días, el gobierno de Aramburu y Rojas fusiló como mínimo a trece civiles y dieciocho militares, entre ellos al general Valle.
Operación Masacre, el libro de Walsh, se centró en el grupo de entre doce y catorce civiles a los que se detuvo alrededor de las 23 del 9 de junio en Florida, provincia de Buenos Aires. Sin juicio previo fueron trasladados en la madrugada del 10 hasta un basural en José León Suárez, donde se los obligó a correr y fueron baleados por la espalda.
Cinco murieron. Los restantes lograron escapar, alguno con heridas graves, como el caso de Juan Carlos Livraga. Cuando ocurrieron estos hechos, las máximas preocupaciones de Walsh eran el ajedrez, la lectura de literatura fantástica, escribir cuentos policiales y planear una novela de largo aliento, como lo informa el propio escritor en el prólogo a la tercera edición. Pero seis meses después de los asesinatos le llega el dato de que Livraga, uno de los fusilados, está vivo.
Walsh, con una cédula de identidad falsa a nombre de Francisco Freyre, comienza la investigación y una vida clandestina para evitar a la policía, la tortura, la cárcel o incluso la muerte. En su tarea lo ayuda la periodista Enriqueta Muñiz. Uno a uno entra en contacto con sobrevivientes o familiares de los muertos. Ellos le van contando la historia desde ángulos distintos. El resto de lo sucedido lo encuentra en informes burocráticos y causas judiciales.
En su mayoría, las víctimas no eran peronistas o lo eran de una forma vaga. Unos pocos tenían militancia política y gremial, y sólo uno o dos estaban enterados del levantamiento de Valle. Salvo para éstos, el máximo interés del grupo durante la noche del 9 de junio era escuchar por radio la pelea del boxeador Eduardo Lausse en busca del título sudamericano de los medianos, que se iba a transmitir desde el Luna Park a partir de las 23. En eso estaban cuando irrumpió la policía.
Desde las primeras páginas de Operación Masacre, el estilo conciso y veloz de Walsh atrapa al lector y lo lleva a través de la recreación, como personajes, de cada uno de los miembros de ese grupo, en una trama de novela policial. El hecho de que se trate de seres reales y no ficticios añade al relato una cuota mayor de dramatismo.
La narración del momento de los fusilamientos en el basural es una secuencia de pesadilla, tal como la debieron vivir los condenados. Aunque la prosa testimonial ya existía en la literatura argentina desde el siglo XIX (El matadero de Esteban Echeverría o el Facundo de Domingo F. Sarmiento), el trabajo de Walsh fue incorporar al texto la estructura narrativa de la novela contemporánea ciñéndose a testimonios y datos concretos y al entrecruzamiento de los informes aportados por actores directos o indirectos. Era el nacimiento de un nuevo género.
En este libro Walsh se muestra digno heredero de dos tradiciones: la fuerza del estilo de Roberto Arlt y el cuidadoso manejo de las palabras de Jorge Luis Borges. Pero añade un tercer elemento. Relata con sumo detalle hechos reales que se entroncan con la trama política de la época, poniendo en riesgo su propia seguridad al transgredir el pacto de silencio y encubrimientos que rodeaba la masacre de José León Suárez.
Esa muestra de coraje ético no fue una actitud casual en la vida de Walsh. Sus obras posteriores fueron profundizando el camino abierto con Operación Masacre. A medida que sacaba a luz aquello que las sucesivas dictaduras y represiones ilegales intentaban barrer bajo la alfombra, su compromiso con los sectores populares oprimidos fue cada vez mayor. Pero no se trató de un proceso intelectual simple. Como puede leerse en sus papeles personales publicados de manera póstuma (Ese hombre), en todo momento sufrió dudas y contradicciones. Libró una lucha constante entre el escritor y el hombre comprometido con su tiempo.
Trágicamente, su último trabajo periodístico fue la “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, escrita el 24 de marzo de 1977. Ese texto es de conocimiento público. Allí se lee un diagnóstico del país sobre datos muy concretos, que todavía hoy tiene vigencia.
El 25 de marzo de 1977 Rodolfo Walsh salió de su modesta casa en San Vicente, donde vivía con su mujer, Lilia Ferreyra. En la estación Constitución despachó copias de su carta. Poco después, los militares del “Proceso” lo mataron en una emboscada. Su cuerpo aún no ha aparecido, pero su obra sigue viva para los lectores de las nuevas generaciones.
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